Liturgia

«Tocar o no tocar» esa es la cuestión..

Una de las mayores originalidades de los sacramentos cristianos consiste en ser una mediación palpable y concreta de la comunicación entre las personas y Dios. Ciertamente esta comunicación, por lo menos desde la encarnación de Jesús, no es solamente espiritual, sino que incluye el cuerpo, los sentidos y el contacto directo. Debido a la crisis epidemológica causada por el COVID19, desde marzo de 2020 se ha vuelto complejo este contacto directo con los signos sacramentales. Las misas están restringidas en número y en muchos casos se han vuelto virtuales; se han suspendido primeras comuniones y se ha preguntado acerca de si tocar o no a los niños para ungirlos en los bautismos; la unción de enfermos se ha vuelto especialmente problemática en hospitales donde los ministros no disponen en la mayoría de los casos del equipamiento adecuado para evitar justamente el contacto directo; y la lista de ejemplos continúa. Propuestas de lo más variadas han ido surgiendo desde modificar a los agentes de los sacramentos como, por ejemplo, que sean los médicos quienes unjan al enfermo mientras el ministro está orando a distancia, que los padres hagan la señal de la cruz sobre los futuros bautizados u otras alternativas virtuales como que las celebraciones eucarísticas se sigan en streaming. No está de más señalar que estas alternativas dadas por la urgencia de la realidad, antes de esta epidemia eran impensables o se consideraban inapropiadas. De hecho, plantean cuestiones centrales a la comprensión sacramental como mediación corporal de la comunicación con Dios. No planteamos aquí respuestas y ni siquiera posibles alternativas sino solamente que señalamos las preguntas que se han vuelto nucleares en la dimensión sacramental. ¿Dónde está ahora la mediación corporal de la comunicación con Dios? ¿Cuáles son los signos, gestos o ritos que median con validez la sacramentalidad? Estos ritos que nos vienen dados, ¿pueden verse modificados en su centro mismo? ¿Qué tiene que ver la eclesialidad con la presencia «física» de los creyentes? ¿Hay comunidad eclesial si esta se reúne virtualmente? ¿Qué lugar ocupa la presencia física de los ministros?... Tocar o no tocar, esa fue siempre una cuestión a la que los sacramentos ofrecen ciertas respuestas de manera afirmativa. Hoy se nos impone volver a preguntarnos si esto es posible y viable, si las mediaciones pueden ser modificadas y si podemos encontrar en la realidad misma signos de transformación. La situación de emergencia puede ser transitoria y así estas preguntas pasarían a ser un paréntesis sacramental que no afectaría a la comprensión teológica. Sin embargo, la realidad que nos toca vivir nos interpela hoy en el centro de nuestra fe que se hace cuerpo y materialidad y abre así posibilidades nuevas de reflexión. No la desaprovechemos.

Paula Depalma

 

 


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