Lecturas de cada día

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MIÉRCOLES DE LA NOVENA SEMANA DE T.O.

MEMORIA: CARLOS LUANGA y compañeros

PRIMERA LECTURA

Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos

 Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a Timoteo 1,1-3.6-12

 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido; te deseo la gracia, misericordia y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Doy gracias a Dios, a quien sirvo con pura conciencia, como mis antepasados, porque tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día.

Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

De este Evangelio me han nombrado heraldo, apóstol y maestro, y ésta es la razón de mi penosa situación presente; pero no me siento derrotado, pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio.

 

 SALMO RESPONSORIAL: 122

 R/  A ti, Señor, levanto mis ojos.

 A ti levanto mis ojos, /
a ti que habitas en el cielo. /
Como están los ojos de los esclavos /
fijos en las manos de sus señores. R.

 Como están los ojos de la esclava /
fijos en las manos de su señora, /
así están nuestros ojos /
en el Señor, Dios nuestro, /
esperando su misericordia. R.

 

 EVANGELIO

 No es Dios de muertos, sino de vivos

 Lectura del santo Evangelio según san Marcos   12,18-27

 En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron:

"Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano."

Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.

Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella."

Jesús les respondió:

"Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo.

Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob"? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados."

 

 COMENTARIO

  Los saduceos eran el único grupo que no admitía la resurrección de los muertos. Por eso ahora le preguntan a Jesús de modo directo sobre ese problema y lo hacen poniéndole un ejemplo, típico entre los judíos, de clara dificultad con el fin de dejarle en ridículo.

   La respuesta del Señor va orientada en dos direcciones: una para decirles que no se pueden aplicar los valores ni las tradiciones temporales a las realidades eternas porque son de distinta índole; y, por otra parte, Dios no puede abandonar al hombre al poder de la muerte ya que ha sido creado a su imagen y semejanza para una vida imperecedera.

   Los hombres nacemos para vivir con Dios para siempre. Pero la certeza en la resurrección y la seguridad de una vida eterna, no solamente afecta al día de mañana. El hecho de estar destinados a sobrevivir a la muerte, debe dar sentido a nuestra vida actual.

   Frente a la angustia de quien no ve salida ni sentido a esta vida, los cristianos, siguiendo el ejemplo del Señor, tenemos que testimoniar nuestra esperanza en la certeza de la vida con Dios, ahora y después. Porque Dios es “el amigo de la vida”, y no es un Dios de muertos sino de vivos, como nos dice Jesús.

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