Simbología: La Puerta de Bronce

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Hoja 1

1. Escena I: La Encarnación

La Encarnación, grupo compacto que contiene, de izquierda a derecha, la mula, San José, María, el Niño, el buey. A la derecha, el Espíritu Santo, en forma de paloma, irrumpe sobre María. Dos ángeles hacen comparsa en el lado izquierdo.

El misterio lleva pocas señales de grandeza en la iconografía, pero su entraña “puede causar un religioso terror”,  según sentir de los Padres ante la grandeza de su misterio. Dios, el todo, se hace fragmento; y en la pequeña figura del niño “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). Isaías completa: “Ciertamente eres un Dios que se oculta” (Is 45,15). San Basilio no sabía qué considerar en María, si la dignidad que le sobreviene desde el Hijo divino, o la que le brota de su ser corporal de mujer; la ve confundida: “no sé que hacer contigo, Hijo mío, si adorarte arrodillada cantando un himno o darte de mamar”. Son actitudes propias del que se asoma a la contemplación de María, percibe la doble temperatura, la corporal de carne fresca que rezuma intimidad y produce sonrisas; y la inmensa, incandescente que conmueve a los ángeles terribles. Que no nos confunda su pequeñez, porque tiene superior potencial que todo el resto de la humanidad; él la recapitula y, comenzando por María y José, por la iglesia, el todo de la humanidad acabará siendo cuerpo de Cristo.


“Ha tomado la carne humana y no como una prisión sino como una corona; se ha revestido de la carne ligada al pecado, por la que él parece pecador pero ha condenado el pecado en la carne,... al tomar la carne por diadema” (cf Gilbert de Holanda, Sermón XX)

"Teníamos necesidad de que Dios se hiciera carne y que habitase en nosotros, para que por la asunción de la carne de uno, [se unificara] la carne interna de todos". (Hilario, de Trin II, 25, Balthasar III 218).

La figura de José sostiene, destacadamente, un lirio que correspondiente a su virginidad; y se destaca porque es preciso subrayar la importancia de San José, llamado a una vocación inmensa de esposo de María, de padre legal de Jesús, para lo que es dotado de virginidad:

“José fue virgen por María para que el hijo de Dios fuera engendrado en un matrimonio virginal... si él era para María... más un protector que un cónyuge, entonces no queda sino concluir que quien fue tenido digno de ser llamado padre del Señor, haya vivido virginalmente con María” (San Jerónimo, Adv Helv 19).

Escena I - Nacimiento de Jesús


2. Escena II: Episodios Mesiánicos

Debajo de dos ángeles hay una selección de episodios referentes al hecho mesiánico que se inscriben en cuatro unidades situadas en vertical:


“Hoy se cumple esta escritura” (Lc 4,16-30). Escena simple con una recreación de perspectiva en la representación de los asistentes. En esa puntual expresión “hoy”, la historia de la promesa hace pie en la concreción de Jesús.


“Bodas de Caná” (Jn 2). Frente a la inteligencia de las palabras: “Mujer, qué nos va a ti y a mí”, en las que alguien ve una respuesta desabrida, Jesús, escucha a María, atentamente, mientras le sujeta un brazo.


“Predicación del Reino”. Dentro de la complejidad de aspectos que pueden aludir al Reino, he representado a Jesús con dos niños que se le entregan confiados (Mc 10,13-16.Lc 18,15-17); a sus espaldas una mujer (¿hemorroísa?) toca la orla de su vestido (Mc 5,25-35). Así quedan aludidas la palabra y la acción.


“Jesús con la Samaritana” (Jn 4,4-45). Escena simple con el pozo sobre el que se apoyan la Samaritana con su caldero y Jesús. Un trasfondo con rasgos de poblado, tras la mujer, y la silueta de cinco hombres, tras Jesús, aluden a la conversación con la mujer, (Mujer-Israel) entregando su corazón a cinco hombres, ninguno de los cuales la quiso de verdad, ni sació su sed, mientras Jesús se presenta como el Esposo de Israel, capaz se colmar la sed profunda.


Escenas II, III, IV, V y VI


3. Escena III: San Esteban

Bajo las cuatro escenas del evangelio está representado San Esteban, testigo de Cristo, vestido con dalmática de diácono, es apedreado por sus enemigos, mientras contempla a Cristo Crucificado y Resucitado (escenas superiores).

Escena III - San Esteban

4. Escena IV: Muerte de Cristo

Muerte de Cristo, crucificado entre los dos malhechores.
La escena subraya la relación con el Buen ladrón, queriendo concentrar a Jesús, a Dimas, y a los espectadores en la expresión: “acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino”, “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,39-43). Para darle fuerza se ha cedido en el realismo correcto y optado por unas formas simples que concentran; lo expresivo gana sobre lo canónico y anatómico clásico.
También la sencillez de una cruz aislada y delgada, o de tres cruces como postes, se ha trocado por una representación de cruces que generan un juego de planos que arropan y adensan la escena, y aportan una variedad plástica en la superficie.

Cristo está tratado con doble recurso plástico de expresión: la humillación y la gloria. La humillación responde al misterio literal de la pasión, a la entrega, condena y ejecución en la cruz; esto se ha expresado en la forma de la cara y la corona de espinas, sin intento de belleza: “parece un gusano, no un hombre”, "no tenía aspecto que pudiéramos estimar" Is 53,2. "no parecía hombre" Is 52,14. "no hay en Él parecer, forma (eidos), no hay hermosura (kalós, doxa)" Is 53,2. IICor 5,16

La gloria responde a la visión de Juan evangelista que la ve, oculta, en la misma escena histórica de la crucifixión (Jn). Este aspecto se ha reservado para el paño que le cubre, en un intento de poner orden extraño, que se recrea en ritmos de pliegues, más aproximado al labrado de una perla que a la textura de un paño.


Escena IV - Muerte de Cristo


Es la gloria de su misterio redentor, el núcleo de su entrega, una alusión a la preciosidad de su proyecto de amor a los hombres:

“Tengo para vosotros pensamientos de paz y no de aflicción”
“La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía, pero Él con las mismas armas triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; solo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero Él a su vez, acabó con la muerte” (S Efrén. Sermón  sobre Nuestro Señor 3,4,9).

5. Escena V: Bajada de Cristo a los infiernos

Debajo se sitúa la Anástasis, la bajada al Scheol, residencia triste y expectante de los justos del AT.

Para la espiritualidad y la devoción es de primordial interés porque compensa del dolorismo de la Pasión y prepara la atmósfera del alba pascual. Algunos textos teológicos de la liturgia anuncian una singularidad desde el título: Homilía para la noche del grande y Santo Sábado, algo digno de la primera de las fiestas:

Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y sombra de muerte, va a librar de sus prisiones a Adán y a Eva.

Dice a Adán: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Salgamos de aquí, porque tú en mí y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo tu Dios me he hecho tu hijo; yo tu Señor he revestido tu condición servil; yo que estoy en los cielos he venido a la tierra y he bajado al abismo; me he hecho hombre semejante a un inválido que tiene la cama entre los muertos; por ti que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Dormí en la cruz por ti y la lanza atravesó mi costado, por ti que en el paraíso dormiste y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor tuyo, mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso" (Homilía anónima sobre el Sábado Santo).

Jesús entra victorioso, rompiendo las puertas de la muerte,  atacando al Demonio-bestia; éste tiene la llave del infierno, porque es señor del mundo. “Aquel día castigará el Señor con su espada dura y fuerte a la serpiente huidiza, serpiente tortuosa, y matará al dragón” (Is 27,1), texto glosado por Paulino de Nola:

“Salve, oh verdadero Apolo, ilustre Peán,
Vencedor del Dragón infernal
Salve, feliz victoria sobre el mundo
Que inaugura una nueva era de felicidad”

"¿Cómo has caído de los cielos,
Astro de la mañana, hijo de la Aurora?...
Tú que decías en tu corazón:
Escalaré los cielos;
por encima de las estrellas de Dios
erigiré mi trono...
Me pareceré al Altísimo" (Is XIV,12-14).


"Lucifer es sombrío y tenebroso" (Pselo 89).
[“Señor del mundo”, según la concepción que detecta la falsedad y la enemiga del hombre y en contraste con la concepción del mundo admirable en la creación de Dios... Preside el mundo de desorden y de los horrores, lo sistematiza. Tiene su sentido estético y es capaz de organizar formas atractivas. Pero todo en los caídos se hizo servil.]
Los demonios "odian a Dios y son enemigos de los hombres" (Pselo 93). "buscan el calor animal" (Pselo 95). [Quedan poco menos que inermes] "durante los días de la Crucifixión y la venerada Resurrección, [en los que] nada quieren profetizar" (Pselo 98).

Escena V: Bajada de Cristo a los infiernos


Jesús, “Victor”, realiza su acción redentora fundamental, aunque sea con gesto interno, libera vigorosamente a Adán, Eva, Juan Bautista con el Cordero, “el mayor entre los nacidos de mujer”; la Viuda de Sarepta; y dos figuras más que cierran el grupo y que con sus manos extendidas expresan la espera tensa del Redentor.
“Orfeo, citarista, cazaba demonios. David los ponía en fuga. Cristo es nuevo David y tiene los trazos de Orfeo, el Verbo, canto puro, sostiene el universo y armoniza todos los seres”.

"Todos nosotros somos hijos de linaje tenebroso
sólo Él vino y curó las incurables heridas del alma"
(Macario 30,8, en Gloria II,244).

“Se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, por eso Dios lo exaltó y le dio un nombre por encima de todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua proclame que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre” (Fil 2,8-11)


6. Escena VI: Cristo resucitado

La figura de Cristo resucitado deberá tener la primacía, hasta plásticamente por la importancia del misterio antropológico que se da en Él, colmado como paradigma “Homo”, cantado por encima de todo, “el más bello de los hijos de los hombres” (Sal 44). El himno Festa dies habla del “Cristo triunfante, exaltado, el crucificado ayer, reina ahora sobre el universo”; el Exultet del Sábado Santo proclama:

 “Que la tierra iluminada por los rayos de una gloria así, se regocije; que el resplandor del Rey eterno, le haga sentir que el universo entero ha sido liberado de las tinieblas”.

Además inaugura, como Kirios, Señor, lo eclesiástico y sacramental. Y desde la iglesia, el Resucitado es proclamado en todas las direcciones del mundo, por los Evangelistas, en las figuras tradicionales del Tetramorfos. Cada uno lleva alguna alusión pascual sugerida en su cartela y seleccionada de forma que se signifique la variedad de aspectos nuevos propios del hecho:
Marcos-León, ”id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (16,15);
Mateo-Hombre lleva escrito: “buscáis a Jesús crucificado, no está aquí, ha resucitado como lo había dicho”(28,5-6);
Lucas-Toro “entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las escrituras”(24,45);
Juan-Águila con el texto: “lo que vimos, oímos, tocamos del Verbo de la vida os anunciamos”(1Jn 1,1).

Los cuatro textos son pascuales, es decir eclesiales: Marcos enuncia la misión; Mateo proclama literalmente la resurrección; Lucas apunta a la novedad pascual que se da en la inteligencia y penetración de la Escritura; Juan anuncia el realismo del misterio de Cristo basado en los sentidos. Los cuatro evangelistas corresponden al universalismo cristiano como cuatro pilares cósmicos, son soportes terrenos de la revelación sobrenatural del Verbo depositada en la iglesia, primicia del mundo futuro, regenerado (cf Jean Hani, 82). Los cuatro son testigos oculares de los hechos del Jesús histórico y, ausente Jesús, son figuras y fundamentos de la misión eclesial...

Como iconografía “Los cuatro vivientes misteriosos que rodean al Cristo... son la trasposición plástica de la visión de Ezequiel (1,5-14) y de Juan: “... león, toro, hombre, ágila” (Ap 4,6-7). Tienen responsabilidad cósmica: deben hacerse oir en los cuatro confines del mundo, los cuatro puntos cardinales; a él se suma el sentido teológico: el nombre de Yahvé, YHWH, con sus cuatro letras consonantes se hace corresponder: Y corresponde a Hombre; H al león; W al toro; H al águila. Y el conjunto simboliza el obrar divino en el mundo” (cf Jean Hani, 81).

Cristo es viejo, “anciano de días”; es también joven genitor del año... Luz  del mundo y “concede el don del nuevo día a todos los mundos que lloran aún bajo la cruz pues es más grande que el sol” (Prudencio J Hani 145).


Desde Él “la tierra recobra vida y belleza. A la venida del Cristo triunfante, que acaba de abandonar el terrible Tártaro, todo sonríe... el Dios crucificado ayer, reina ahora sobre el universo...”(J Hani 146)


Un texto de san Hipólito toca todos los pasos de nuestra iconografía:

“El Logos saltó primero del cielo al cuerpo de la Virgen; luego pasó de su seno materno al árbol de la cruz; y finalmente se precipitó en el Hades, y del Hades regresó al cuerpo, de vuelta a la tierra. ¡Oh la nueva resurrección! Y de la tierra subió al reino de los cielos, donde se sienta a la derecha del Padre. Y de nuevo bajará con gloria a la tierra para hacer el bien”.

Escena IV - Resurrección de Cristo

El Cristo ha sido modelado, tanto en la bajada a los infiernos como en el de Resucitado, adoptando una figuración sobria que no llega al realismo acabado; una esbeltez libre de detalles y deliberadamente plana, para sugerir el esquema del que es “consustancial” a la humanidad, pero depurado de las erosiones de la humanidad. Es el nuevo Adán, el paradigma antropológico; se ha intentado evitar la afectación tan frecuente en la representación del Resucitado, con postura enrarecida.

Los cuatro evangelistas se han querido representar poderosos y sumarios, según es grande el alcance de su función.
El elemento dialógico Dios-hombre llena el panel. La encarnación del Verbo es el paradigma de la comunicación expresiva y de la comunión de valores. El gesto redentor es comunicación-recepción de vida. La bajada a los infiernos ensancha el momento puntual de la muerte a la totalidad de la historia y el resucitado queda convertido en buena noticia en boca de los evangelistas.